DON QUIJOTE DE LA MANCHA

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domingo, 9 de mayo de 2010

Miguel de Cervantes




Miguel de Cervantes Saavedra fue un soldado, novelista, poeta y dramaturgo español. Se supone que nació el 29 de septiembre de 1547 en Alcalá de Henares y murió el 22 de abril de 1616 en Madrid, pero fue enterrado el 23 de abril y popularmente se conoce en forma errónea esta fecha como la de su muerte. Es considerado la máxima figura de la literatura española. Es universalmente conocido, sobre todo por haber escrito El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, que muchos críticos han descrito como la primera novela moderna y una de las mejores obras de la literatura universal. Se le ha dado el sobrenombre de Príncipe de los Ingenios.

IMÁGENES DEL QUIJOTE




RESUMEN CAPITULO 8 de la primera parte




Por el camino Don Quijote y Sancho se encuentran con unos molinos de viento y Don Quijote creyéndose que son gigantes se dispone a atacarlos con su lanza. Sancho le dice que no son mas que molinos, pero Don Quijote se empeña en atacarlos ya que él piensa que son gigantes malvados, como consecuencia Don Quijote tropieza con su lanza y se cae al suele acabando así el problema de los molinos, o gigantes como seguía afirmando Don Quijote. Por el camino Don Quijote recuerda que una vez leyó como un caballero repuso su lanza con un tronco y así lo hizo Don Quijote.

Al día siguiente cuando se disponían a ir a Puerto Lápice en busca de aventuras vieron a dos monjes, vestidos con sus hábitos negros y a una mujer que iba detrás de ellos, se supone que iban todos en la misma dirección. Don Quijote se penso que estos hombres tenían secuestrada a la señora que iba detrás de ellos, y decidió atacar a los pobres monjes. Sancho le aviso que no eran mas que dos frailes pero Don Quijote no le hizo caso y ataco a los frailes. Los dos frailes salieron corriendo con la mala fortuna de que uno de ellos se calló al suelo, Sancho amablemente intento ayudar al fraile que se había caído pero dos mozos arremeten contra él y le dejan inconsciente. Don Quijote a su vez fue a presentarle sus respetos a la señora, pero el escudero de ella arremetió contra Don Quijote dejándole herido de un hombro.

RESUMEN CAPITULO 45 de la segunda parte



Cuando Sancho llegó a su ínsula, Barataria, le recibieron con mucho afecto y cariño. Al verle le llevaron a la iglesia y allí le dieron las llaves de la ciudad y le admitieron como gobernador perpetuo.

Al momento le llevaron al juzgado donde comenzó a ejercer como gobernador en unos juicios que le presentaron los habitantes de la ínsula.

En el primer juicio le sucedió lo siguiente: era un señor que le fue a pedir a un sastre que le hiciera una caperuza con un tipo de tela que él le llevaba, pero como era tan desconfiado y temía que el sastre se quedara con un trozo de tela le dijo que le hiciera las máximas posibles, al final el sastre le dijo que le podía hacer cinco caperuzas. El problema estaba en que el sastre había hecho unas caperuzas diminutas haciendo caso a que el hombre quería cinco. Entonces el sastre le exigía al hombre el dinero que se había ganado haciendo esas caperuzas, mientras que el hombre le exigía al sastre el trozo de tela que le había dado. Sancho al ver esto decidió que ninguno de los dos tuviera lo que pedía ya que ambos habían sido muy desconfiados con el otro.

La segunda historia contaba lo siguiente: un hombre había recibido prestados diez ducados y no se los quería devolver a su dueño original porque decía que ya se los había devuelto. El primer hombre le dio al segundo una caña que tenia en la mano y juro ante todos que ya se los había devuelto y entonces se fue recuperando su caña antes. Sancho al darse cuenta de esto le mando que le diese la caña al hombre que le había dejado los diez escudos y le dijo que con la caña ya estaba pagado. La sorpresa vino cuando el hombre rompió la caña y vio que dentro de ella estaban los diez escudos.

En el tercer caso se contaba lo siguiente: una mujer llegó ante Sancho diciendo que un hombre la había forzado en mitad de un camino y no la quería indemnizar. El hombre decía que la mujer se le había ofrecido y que ya le había pagado lo justo por esos trabajos. Sancho le dijo al hombre que le diese una bolsa que tenia llena de dinero, y cuando se fue la mujer le mando salir detrás de ella para recuperar la bolsa. Al cabo de un rato regresaron el hombre y la mujer solo que ambos unidos a la bolsa ya que la mujer no la quería soltar por nada del mundo. Sancho al ver esto le dijo a la mujer que se hubiera puesto tanto empeño en defenderse como lo esta poniendo ahora en agarrar la bolsa nadie la habría forzado en el campo. Les mando ir y le devolvió la bolsa de dinero al hombre.

CAPÍTULO XLV


De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su ínsula,

y del modo que comenzó a gobernar


¡Oh perpetuo descubridor de los antípodas, hacha del mundo, ojo del

cielo, meneo dulce de las cantimploras, Timbrio aquí, Febo allí, tirador acá,

médico acullá, padre de la poesía, inventor de la música, tú que siempre sales

y aunque lo parece, nunca te pones! ¡A ti digo, oh sol, con cuya ayuda el hombre

engendra al hombre!: a ti digo que me favorezcas y alumbres la escuridad

de mi ingenio, para que pueda discurrir por sus puntos en la narración del

gobierno del gran Sancho Panza; que, sin ti, yo me siento tibio, desmazalado y

confuso.

Digo, pues, que con todo su acompañamiento llegó Sancho a un lugar de

hasta mil vecinos, que era de los mejores que el duque tenía; diéronle a entender

que se llamaba la ínsula Barataria, o ya porque el lugar se llamaba

Baratario, o ya por el barato con que se le había dado el gobierno. Al llegar a

las puertas de la villa, que era cercada, salió el regimiento del pueblo a recebirle;

tocaron las campanas y todos los vecinos dieron muestras de general alegría,

y con mucha pompa le llevaron a la iglesia mayor a dar gracias a Dios, y

luego, con algunas ridículas ceremonias, le entregaron las llaves del pueblo y le

admitieron por perpetuo gobernador de la ínsula Barataria.

El traje, las barbas, la gordura y pequeñez del nuevo gobernador tenía

admirada a toda la gente que el busilis del cuento no sabía, y aun a todos los

que lo sabían, que eran muchos. Finalmente, en sacándole de la iglesia, le llevaron

a la silla del juzgado y le sentaron en ella, y el mayordomo del duque le

dijo:

—Es costumbre antigua en esta ínsula, señor gobernador, que el que viene

a tomar posesión desta famosa ínsula está obligado a responder a una pregunta

que se le hiciere que sea algo intricada y dificultosa, de cuya respuesta el

pueblo toma y toca el pulso del ingenio de su nuevo gobernador; y así, o se

alegra o se entristece con su venida.

En tanto que el mayordomo decía esto a Sancho, estaba él mirando unas

grandes y muchas letras que en la pared frontera de su silla estaban escritas y,

como él no sabía leer, preguntó que qué eran aquellas pinturas que en aquella

pared estaban; fuele respondido:

—Señor, allí está escrito y notado el día en que vuesa señoría tomó posesión

desta ínsula, y dice el epitafio: Hoy día, a tantos de tal mes y de tal año,

tomó la posesión desta ínsula el señor don Sancho Panza, que muchos años la

goce.

—Y ¿a quién llaman don Sancho Panza? —preguntó Sancho.

—A vuesa señoría —respondió el mayordomo—; que en esta ínsula no ha

entrado otro Panza, sino el que está sentado en esa silla.

—Pues advertid, hermano —dijo Sancho—, que yo no tengo don, ni en

todo mi linaje le ha habido: Sancho Panza me llaman a secas, y Sancho se llamó

mi padre, y Sancho mi agüelo, y todos fueron Panzas sin añadiduras de dones

ni donas; y yo imagino que en esta ínsula debe de haber más dones que piedras;

pero basta, Dios me entiende, y podrá ser que si el gobierno me dura cuatro

días, yo escardaré estos dones, que por la muchedumbre deben de enfadar

como los mosquitos. Pase adelante con su pregunta el señor mayordomo, que

yo responderé lo mejor que supiere, ora se entristezca o no se entristezca el

pueblo.

A este instante entraron en el juzgado dos hombres, el uno vestido de

labrador y el otro de sastre, porque traía unas tijeras en la mano; y el sastre dijo:

—Señor gobernador, yo y este hombre labrador venimos ante vuesa merced

en razón que este buen hombre llegó a mi tienda ayer (que yo, con perdón

de los presentes, soy sastre examinado, que Dios sea bendito), y, poniéndome

un pedazo de paño en las manos, me preguntó: «Señor, ¿habría en este

paño harto para hacerme una caperuza?» Yo, tanteando el paño, le respondí

que sí; él debiose de imaginar, a lo que yo imagino, e imaginé bien, que sin

duda yo le quería hurtar alguna parte del paño, fundándose en su malicia y en

la mala opinión de los sastres; y replicome que mirase si habría para dos.

Adivinele el pensamiento y díjele que sí; y él, caballero en su dañada y primera

intención, fue añadiendo caperuzas, y yo añadiendo síes, hasta que llegamos a

cinco caperuzas, y ahora en este punto acaba de venir por ellas; yo se las doy,

y no me quiere pagar la hechura; antes me pide que le pague o vuelva su paño.

—¿Es todo esto así, hermano? preguntó Sancho.

—Sí señor —respondió el hombre—; pero hágale vuesa merced que muestre

las cinco caperuzas que me ha hecho.

—De buena gana —respondió el sastre.

Y, sacando encontinente la mano debajo del herreruelo, mostró en ella

cinco caperuzas puestas en las cinco cabezas de los dedos de la mano, y dijo:

—He aquí las cinco caperuzas que este buen hombre me pide, y en Dios y

en mi conciencia que no me ha quedado nada del paño, y yo daré la obra a

vista de veedores del oficio.

Todos los presentes se rieron de la multitud de las caperuzas y del nuevo

pleito. Sancho se puso a considerar un poco y dijo:

—Paréceme que en este pleito no ha de haber largas dilaciones, sino juzgar

luego a juicio de buen varón, y, así, yo doy por sentencia que el sastre pierda

las hechuras y el labrador el paño, y las caperuzas se lleven a los presos de

la cárcel, y no haya más.

Si la sentencia pasada1188 66 de la bolsa del ganadero movió a admiración a los

circunstantes, esta les provocó a risa; pero, en fin, se hizo lo que mandó el

gobernador; ante el cual se presentaron dos hombres ancianos, el uno traía

una cañaheja por báculo, y el sin báculo dijo:

—Señor, a este buen hombre le presté días ha diez escudos de oro en oro,

por hacerle placer y buena obra, con condición que me los volviese cuando se

los pidiese. Pasáronse muchos días sin pedírselos, por no ponerle en mayor

necesidad de volvérmelos que la que él tenía cuando yo sé los presté; pero, por

parecerme que se descuidaba en la paga, se los he pedido una y muchas veces,

y no solamente no me los vuelve, pero me los niega, y dice que nunca tales

escudos le presté, y que, si se los presté, que ya me los ha vuelto. Yo no tengo

testigos ni del prestado ni de la vuelta, porque no me los ha vuelto. Querría que

vuesa merced le tomase juramento y, si jurare que me los ha vuelto, yo se los

perdono para aquí y para delante de Dios.

—¿Qué decís vos a esto, buen viejo del báculo? —dijo Sancho.

A lo que dijo el viejo:

—Yo, señor, confieso que me los prestó, y baje vuesa merced esa vara, y,

pues él lo deja en mi juramento, yo juraré como se los he vuelto y pagado real

y verdaderamente.

Bajó el gobernador la vara, y, en tanto, el viejo del báculo dio el báculo al

otro viejo, que se le tuviese en tanto que juraba, como si le embarazara mucho,

y luego puso la mano en la cruz de la vara, diciendo que era verdad que se le

habían prestado aquellos diez escudos que se le pedían, pero que él se los

había vuelto de su mano a la suya, y que por no caer en ello se los volvía a pedir

por momentos. Viendo lo cual el gran gobernador, preguntó al acreedor qué

respondía a lo que decía su contrario; y dijo que sin duda alguna su deudor

debía de decir verdad, porque le tenía por hombre de bien y buen cristiano, y

que a él se le debía de haber olvidado el cómo y cuándo se los había vuelto, y

que desde allí en adelante jamás le pidiría nada. Tornó a tomar su báculo el

deudor, y, bajando la cabeza, se salió del juzgado. Visto lo cual Sancho, y que

sin más ni más se iba, y viendo también la paciencia del demandante, inclinó la

cabeza sobre el pecho, y, poniéndose el índice de la mano derecha sobre las

cejas y las narices, estuvo como pensativo un pequeño espacio, y luego alzó la

cabeza y mandó que le llamasen al viejo del báculo, que ya se había ido.

Trujéronsele, y, en viéndole Sancho, le dijo:

—Dadme, buen hombre, ese báculo, que le he menester.

—De muy buena gana —respondió el viejo—: hele aquí, señor.

Y púsosele en la mano. Tomole Sancho, y, dándosele al otro viejo, le dijo:

—Andad con Dios, que ya vais pagado.

—¿Yo, señor? —respondió el viejo—. Pues ¿vale esta cañaheja escudos de

oro?

—Sí —dijo el gobernador—, o si no, yo soy el mayor porro del mundo, y

ahora se verá si tengo yo caletre para gobernar todo un reino.

Y mandó que allí delante de todos se rompiese y abriese la caña. Hízose

así, y en el corazón della hallaron escudos en oro.

Quedaron todos admirados, y tuvieron a su gobernador por un nuevo

Salomón. Preguntáronle de dónde había colegido que en aquella cañaheja

estaban aquellos escudos, y respondió que de haberle visto dar el viejo que

juraba, a su contrario, aquel báculo en tanto que hacia el juramento, y jurar

que se los había dado real y verdaderamente, y que, en acabando de jurar, le

tornó a pedir el báculo, le vino a la imaginación que dentro dél estaba la paga

de lo que pedían. De donde se podía colegir que los que gobiernan, aunque

sean unos tontos, tal vez los encamina Dios en sus juicios; y más, que él había

oído contar otro caso como aquel al cura de su lugar, y que él tenía tan gran

memoria, que a no olvidársele todo aquello de que quería acordarse, no hubiera

tal memoria en toda la ínsula. Finalmente, el un viejo corrido y el otro pagado,

se fueron, y los presentes quedaron admirados. Y el que escribía las palabras,

hechos y movimientos de Sancho, no acababa de determinarse si le tendría

y pondría por tonto o por discreto.

Luego acabado este pleito, entró en el juzgado una mujer, asida fuertemente

de un hombre vestido de ganadero rico, la cual venía dando grandes

voces diciendo:

—¡Justicia, señor gobernador, justicia, y si no la hallo en la tierra, la iré a

buscar al cielo! Señor gobernador de mi ánima, este mal hombre me ha cogido

en la mitad dese campo y se ha aprovechado de mi cuerpo como si fuera

trapo mal lavado y, desdichada de mí, me ha llevado lo que yo tenía guardado

más de veinte y tres años ha, defendiéndolo de moros y cristianos, de naturales

y estranjeros, y yo, siempre dura como un alcornoque, conservándome

entera como la salamanquesa en el fuego, o como la lana entre las zarzas, para

que este buen hombre llegase ahora con sus manos limpias a manosearme.

—Aún eso está por averiguar, si tiene limpias o no las manos este galán —

dijo Sancho.

Y, volviéndose al hombre, le dijo qué decía y respondía a la querella de

aquella mujer; el cual, todo turbado, respondió:

—Señores, yo soy un pobre ganadero de ganado de cerda, y esta mañana

salía deste lugar, de vender, con perdón sea dicho, cuatro puercos, que me llevaron

de alcabalas y socaliñas poco menos de lo que ellos valían; volvíame a mi

aldea, topé en el camino a esta buena dueña, y el diablo, que todo lo añasca

y todo lo cuece, hizo que yogasemos juntos; paguele lo soficiente, y ella, mal

contenta, asió de mí, y no me ha dejado hasta traerme a este puesto. Dice que

la forcé, y miente, para el juramento que hago o pienso hacer; y esta es toda

la verdad sin faltar meaja.

Entonces el gobernador le preguntó si traía consigo algún dinero en plata.

Él dijo que hasta veinte ducados tenía en el seno en una bolsa de cuero; mandó

que la sacase y se la entregase así como estaba a la querellante; él lo hizo temblando,

tomola la mujer, y, haciendo mil zalemas a todos, y, rogando a Dios

por la vida y salud del señor gobernador que así miraba por las huérfanas

menesterosas y doncellas; y, con esto, se salió del juzgado, llevando la bolsa

asida con entrambas manos, aunque primero miró si era de plata la moneda

que llevaba dentro.

Apenas salió cuando Sancho dijo al ganadero, que ya se le saltaban las

lágrimas y los ojos y el corazón se iban tras su bolsa:

—Buen hombre, id tras aquella mujer, y quitadle la bolsa, aunque no quiera,

y volved aquí con ella.

Y no lo dijo a tonto ni a sordo, porque luego partió como un rayo y fue a

lo que se le mandaba. Todos los presentes estaban suspensos, esperando el fin

de aquel pleito, y de allí a poco volvieron el hombre y la mujer, más asidos y

aferrados que la vez primera, ella la saya levantada y en el regazo puesta la

bolsa, y el hombre pugnando por quitársela, mas no era posible según la mujer

la defendía, la cual daba voces diciendo:

—¡Justicia de Dios, y del mundo! ¡Mire vuesa merced, señor gobernador,

la poca vergüenza y el poco temor deste desalmado, que en mitad de poblado

y en mitad de la calle me ha querido quitar la bolsa que vuesa merced mandó

darme!

—Y ¿háosla quitado? —preguntó el gobernador.

—¿Cómo quitar? —respondió la mujer—; antes me dejara yo quitar la vida

que me quiten la bolsa. ¡Bonita es la niña; otros gatos me han de echar a las

barbas, que no este desventurado y asqueroso! ¡Tenazas y martillos, mazos y

escoplos no serán bastantes a sacármela de las uñas, ni aun garras de leones;

antes el ánima de en mitad en mitad de las carnes!

—Ella tiene razón —dijo el hombre—, y yo me doy por rendido y sin fuerzas,

y confieso que las mías no son bastantes para quitársela, y déjola.

Entonces el gobernador dijo a la mujer:

—Mostrad, honrada y valiente, esa bolsa.

Ella se la dio luego, y el gobernador se la volvió al hombre y dijo a la esforzada,

y no forzada:

—Hermana mía, si el mismo aliento y valor que habéis mostrado para

defender esta bolsa le mostrárades, y aun la mitad menos, para defender vuestro

cuerpo, las fuerzas de Hércules no os hicieran fuerza; andad con Dios y

mucho de en hora mala, y no paréis en toda esta ínsula ni en seis leguas a la

redonda so pena de docientos azotes. ¡Andad luego, digo, churrillera, desvergonzada

y embaidora!

Espantose la mujer y fuese cabizbaja y mal contenta, y el gobernador dijo

al hombre:

—Buen hombre, andad con Dios a vuestro lugar con vuestro dinero, y de

aquí adelante, si no le queréis perder, procurad que no os venga en voluntad

de yogar con nadie.

El hombre le dio las gracias lo peor que supo y fuese, y los circunstantes

quedaron admirados de nuevo de los juicios y sentencias de su nuevo gobernador.

Todo lo cual notado de su coronista fue luego escrito al duque, que con

gran deseo lo estaba esperando.

Y quédese aquí el buen Sancho; que es mucha la priesa que nos da su

amo, alborozado con la música de Altisidora.

CAPITULO VIII


Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable

y jamás imaginada aventura de los molinos de viento,

con otros sucesos dignos de felice recordación



En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como Don Quijote los vió, dijo a su escudero: la ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o poco más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla, y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer: que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra. ¿Qué gigantes? dijo Sancho Panza.

Aquellos que allí ves, respondió su amo, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas. Mire vuestra merced, respondió Sancho, que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que volteadas del viento hacen andar la piedra del molino. Bien parece, respondió Don Quijote, que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes, y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla. Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes iba diciendo en voces altas: non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete. Levantóse en esto un poco de viento y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por Don Quijote, dijo: pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.

Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante, y embistió con el primer molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle a todo el correr de su asno, y cuando llegó, halló que no se podía menear, tal fue el golpe que dio con él Rocinante. ¡Válame Dios! dijo Sancho; ¿no le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no los podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza? Calla, amigo Sancho, respondió Don Quijote, que las cosas de la guerra, más que otras, están sujetas a continua mudanza, cuanto más que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón, que me robó el aposento y los libros, ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas al cabo al cabo han de poder poco sus malas artes contra la voluntad de mi espada. Dios lo haga como puede, respondió Sancho Panza. Y ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba; y hablando en la pasada aventura, siguieron el camino del puerto Lápice, porque allí decía Don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero; sino que iba muy pesaroso por haberle faltado la lanza y diciéndoselo a su escudero, dijo: yo me acuerdo haber leído que un caballero español, llamado Diego Pérez de Vargas, habiéndosele en una batalla roto la espada, desgajó de una encina un pesado ramo o tronco, y con él hizo tales cosas aquel día, y machacó tantos moros, que le quedó por sobrenombre Machuca, y así él, como sus descendientes, se llamaron desde aquel día en adelante Vargas y Machuca. Hete dicho esto, porque de la primera encina o roble que se me depare, pienso desgajar otro tronco tal y bueno como aquel, que me imagino y pienso hacer con él tales hazañas, que tú te tengas por bien afortunado de haber merecido venir a verlas, y aser testigo de cosas que apenas podrán ser creídas. A la mano de Dios, dijo Sancho, yo lo creo todo así como vuestra merced lo dice; pero enderécese un poco, que parece que va de medio lado, y debe de ser del molimiento de la caída. Así es la verdad, respondió Don Quijote; y si no me quejo del dolor, es porque no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna, aunque se le salgan las tripas por ella. Si eso es así, no tengo yo que replicar, respondió Sancho; pero sabe Dios si yo me holgara que vuestra merced se quejara cuando alguna cosa le doliera. De mí sé decir, que me he de quejar del más pequeño dolor que tenga, si ya no se entiende también con los escuderos de los caballeros andantes eso del no quejarse.

No se dejó de reír Don Quijote de la simplicidad de su escudero; y así le declaró que podía muy bien quejarse, como y cuando quisiese, sin gana o con ella, que hasta entonces no había leído cosa en contrario en la orden de caballería. Díjole Sancho que mirase que era hora de comer. Respondióle su amo que por entonces no le hacía menester; que comiese él cuando se le antojase. Con esta licencia se acomodó Sancho lo mejor que pudo sobre su jumento, y sacando de las alforjas lo que en ellas había puesto, iba caminando y comiendo detrás de su amo muy despacio, y de cuando en cuando empinaba la bota con tanto gusto, que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga. Y en tanto que él iba de aquella manera menudeando tragos, no se le acordaba de ninguna promesa que su amo le hubiese hecho, ni tenía por ningún trabajo, sino por mucho descanso, andar buscando las aventuras por peligrosas que fuesen. En resolución, aquella noche la pasaron entre unos árboles, y del uno de ellos desgajó Don Quijote un ramo seco, que casi le podía servir de lanza, y puso en él el hierro que quitó de la que se le había quebrado. Toda aquella noche no durmió Don Quijote, pensando en su señora Dulcinea, por acomodarse a lo que había leído en sus libros, cuando los caballeros pasaban sin dormir muchas noches en las florestas y despoblados, entretenidos en las memorias de sus señoras.

No la pasó así Sancho Panza, que como tenía el estómago lleno, y no de agua de chicoria, de un sueño se la llevó toda, y no fueran parte para despertarle, si su amo no le llamara, los rayos del sol que le daban en el rostro, ni el canto de las aves, que muchas y muy regocijadamente la venida del nuevo día saludaban. Al levantarse dio un tiento a la bota, y hallóla algo más flaca que la noche antes, y afligiósele el corazón por parecerle que no llevaban camino de remediar tan presto su falta. No quiso desayunarse Don Quijote porque como está dicho, dio en sustentarse de sabrosas memorias.

Tornaron a su comenzado camino del puerto Lápice, y a hora de las tres del día le descubrieron. Aquí, dijo en viéndole Don Quijote, podemos, hermano Sancho Panza, meter las manos hasta los codos en esto que llaman aventuras, mas advierte que, aunque me veas en los mayores peligros del mundo, no has de poner mano a tu espada para defenderme, si ya no vieres que los que me ofenden es canalla y gente baja, que en tal caso bien puedes ayudarme; pero si fueren caballeros, en ninguna manera te es lícito ni concedido por las leyes de caballería que me ayudes, hasta que seas armado caballero. Por cierto, señor, respondió Sancho, que vuestra merced será muy bien obedecido en esto, y más que yo de mío me soy pacífico y enemigo de meterme en ruidos y pendencias; bien es verdad que en lo que tocare a defender mi persona no tendré mucha cuenta con esas leyes, pues las divinas y humanas permiten que cada uno se defienda de quien quisiere agraviarle. No digo yo menos, respondió Don Quijote; pero en esto de ayudarme contra caballeros, has de tener a raya tus naturales ímpetus. Digo que sí lo haré, respondió Sancho, y que guardaré ese precepto tan bien como el día del domingo. Estando en estas razones, asomaron por el camino dos frailes de la orden de San Benito, caballeros sobre dos dromedarios, que no eran más pequeñas dos mulas en que venían. Traían sus anteojos de camino y sus quitasoles. Detrás de ellos venía un coche con cuatro o cinco de a caballo que les acompañaban, y dos mozos de mulas a pie. Venía en el coche, como después se supo, una señora vizcaína que ia a Sevilla, donde estaba su marido que pasaba a las Indias con muy honroso cargo. No venían los frailes con ella, aunque iban el mismo camino; mas apenas los divisó Don Quijote, cuando dijo a su escudero: o yo me engaño, o esta ha de ser la más famosa aventura que se haya visto, porque aquellos bultos negros que allí parecen, deben ser, y son sin duda, algunos encantadores que llevan hurtada alguna princesa en aquel coche, y es menester deshacer este tuerto a todo mi poderío. Peor será esto que los molinos de viento, dijo Sancho. Mire señor, que aquellos son frailes de San Benito, y el coche debe de ser de alguna gente pasajera: mire que digo que mire bien lo que hace, no sea el diablo que le engañe. Ya te he dicho, Sancho, respondió Don Quijote, que sabes poco de achaques de aventuras: lo que yo digo es verdad, y ahora lo verás. Y diciendo esto se adelantó, y se puso en la mitad del camino por donde los frailes venían, y en llegando tan cerca que a él le pareció que le podían oír lo que dijese, en alta voz dijo: gente endiablada y descomunal, dejad luego al punto las altas princesas que en ese coche lleváis forzadas, si no, aparejáos a recibir presta muerte por justo castigo de vuestras malas obras.

Detuvieron los frailes las riendas, y quedaron admirados, así de la figura de Don Quijote, como de sus razones; a las cuales respondieron: señor caballero, nosotros no somos endiablados ni descomunales, sino dos religiosos de San Benito, que vamos a nuestro camino, y no sabemos si en este coche vienen o no ningunas forzadas princesas. Para conmigo no hay palabras blandas, que ya yo os conozco, fementida canalla, dijo Don Quijote. Y sin esperar más respuesta, picó a Rocinante, y la lanza baja arremetió contra el primer fraile con tanta furia y denuedo, que si el fraile no se dejara caer de la mula, él le hiciera venir al suelo mal de su grado, y aun mal ferido si no cayera muerto. El segundo religioso, que vio del modo que trataban a su compañero, puso piernas al castillo de su buena mula, y comenzó a correr por aquella campaña más ligero que el mismo viento. Sancho Panza que vio en el suelo al fraile, apeándose ligeramente de su asno, arremetió a él y le comenzó a quitar los hábitos. Llegaron en esto dos mozos de los frailes, y preguntáronle que por qué le desnudaba. Respondióles Sancho que aquello le tocaba a él legítimamente, como despojos de la batalla que su señor Don Quijote había ganado. Los mozos, que no sabían de burla, ni entendían aquello de despojos ni batallas, viendo que ya Don Quijote estaba desviado de allí, hablando con las que en el coche venían, arremetieron con Sancho, y dieron con él en el suelo; y sin dejarle pelo en las barbas le molieron a coces y le dejaron tendido en el suelo sin aliento ni sentido: y sin detenerse un punto, tornó a subir el fraile, todo temeroso y acobardado y sin color en el rostro y cuando se vio a caballo picó tras su compañero, que un buen espacio de allí le estaba aguardando, y esperando en qué paraba aquel sobresalto; y sin querer aguardar el fin de todo aquel comenzado suceso, siguieron su camino haciéndose más cruces que si llevaran el diablo a las espaldas. Don Quijote estaba, como se ha dicho, hablando con la señora del coche, diciéndole: la vuestra fermosura, señora mía, puede facer de su persona lo que más le viniera en talante, porque ya la soberbia de vuestros robadores yace por el suelo derribada por este mi fuerte brazo; y porque no penéis por saber el nombre de vuestro libertador, sabed que yo me llamo Don Quijote de la Mancha, caballero andante y aventurero, y cautivo de la sin par y hermosa doña Dulcinea del Toboso; y en pago del beneficio que de mí habéis recibido o quiero otra cosa sino que volváis al Toboso, y que de mi parte os presentéis ante esta señora, y le digáis lo que por vuestra libertad he fecho. Todo esto que Don Quijote decía, escuchaba un escudero de los que el coche acompañaban, que era vizcaíno; el cual, viendo que no quería dejar pasar el coche adelante, sino que decía que luego había de dar la vuelta al Toboso, se fue para Don Quijote, y asiéndole de la lanza le dijo en mala lengua castellana, y peor vizcaína, de esta manera: anda, caballero, que mal andes; por el Dios que crióme, que si no dejas coche, así te matas como estás ahí vizcaíno. Entendióle muy bien Don Quijote, y con mucho sosiego le respondió: si fueras caballero, como no lo eres, ya yo hubiera castigado tu sandez y atrevimiento, cautiva criatura. A lo cual replicó el vizcaíno: ¿yo no caballero? juro a Dios tan mientes como cristiano; si lanza arrojas y espada sacas, el agua cuán presto verás que el gato llevas; vizcaíno por tierra, hidalgo por mar, hidalgo por el diablo; y mientes, que mira si otra dices cosa. Ahora lo veredes, dijo Agraves, respondió Don Quijote; y arrojando la lanza en el suelo, sacó su espada y embrazó su rodela, y arremetió al vizcaíno con determinación de quitarle la vida.

El vizcaíno, que así le vio venir, aunque quisiera apearse de la mula, que por ser de las malas de alquiler, no había que fiar en ella, no pudo hacer otra cosa sino sacar su espada; pero avínole bien que se halló junto al coche, de donde pudo tomar una almohada que le sirvió de escudo, y luego fueron el uno para el otro, como si fueran dos mortales enemigos. La demás gente quisiera ponerlos en paz; mas no pudo, porque decía el vizcaíno en sus mal trabadas razones, que si no le dejaban acabar su batalla, que él mismo había de matar a su ama y a toda la gente que se lo estorbase. La señora del coche, admirada y temerosa de lo que veía, hizo al cochero que se desviase de allí algún poco, y desde lejos se puso a mirar la rigurosa contienda, en el discurso de la cual dio el vizcaíno una gran cuchillada a Don Quijote encima de un hombro por encima de la rodela, que a dársela sin defensa, le abriera hasta la cintura. Don Quijote, que sintió la pesadumbre de aquel desaforado golpe, dio una gran voz, diciendo: ¡oh señora de mi alma, Dulcinea, flor de la fermosura, socorred a este vuestro caballero, que por satisfacer a la vuestra mucha bondad, en este riguroso trance se halla! El decir esto, y el apretar la espada, y el cubrirse bien de su rodela, y el arremeter al vizcaíno, todo fue en un tiempo, llevando determinación de aventurarlo todo a la de un solo golpe. El vizcaíno, que así le vio venir contra él, bien entendió por su denuedo su coraje, y determinó hacer lo mismo que Don Quijote: y así le aguardó bien cubierto de su almohada, sin poder rodear la mula a una ni a otra parte, que ya de puro cansada, y no hecha a semejantes niñerías, no podía dar un paso. Venía, pues, como se ha dicho, Don Quijote contra el cauto vizcaíno con la espada en alto, con determinación de abrirle por medio, y el vizcaíno le aguardaba asimismo, levantada la espada y aforrado con su almohada, y todos los circunstantes estaban temerosos y colgados de lo que había de suceder de aquellos tamaños golpes con que se amenazaban, y la señora del coche y las demás criadas suyas estaban haciendo mil votos y ofrecimientos a todas las imágenes y casas de devoción de España, porque Dios librase a su escudero y a ellas de aquel tan grande peligro en que se hallaban. Pero está el daño de todo esto, que en este punto y término deja el autor de esta historia esta batalla, disculpándose que no halló más escrito destas hazañas de Don Quijote, de las que deja referidas. Bien es verdad que el segundo autor de esta obra no quiso creer que tan curiosa historia estuviese entregada a las leyes del olvido, ni que hubiesen sido tan poco curiosos los ingenios de la Mancha que no tuviesen en sus archivos o en sus escritorios algunos papeles que de este famoso caballero tratasen; y así, con esta imaginación, no se desesperó de hallar el fin de esta apacible historia, el cual, siéndole el cielo favorable, le halló del modo que se contará en el siguiente capítulo.